Una de Inauguraciones

El 27 de Enero del 2.003 hacía un tiempo fabuloso que invitaba a volar. Al medio día llegamos al aeroclub, revisamos el plan de vuelo y nos preparamos para ponernos rumbo al recién inaugurado aeropuerto de La Rioja, con escala en Cuatro Vientos para abastecernos de combustible ya que desde AENA nos comunican que el nuevo aeropuerto aún no dispone de combustible… pero no nos avisan de que el combustible no es lo único de lo que no disponen.

De este modo, a las 14:20 minutos partimos hacia Cuatro Vientos los cuatro, en la EC-FDF, con equipaje, mucho combustible y la esperanza de llegar a La Rioja antes de las 21:00, hora en la que se inauguraba el congreso nacional de la Asociación de Jóvenes Empresarios al que íbamos a acudir invitados por AJE Málaga.

En LEAX minutos antes de la salida

Exactamente tres horas después aterrizábamos en Cuatro Vientos, donde nuestra escala técnica nos requería repostar combustible, comer algún tentempié, comprar agua para el resto del viaje y comprobar la meteorología en nuestra ruta hacia Logroño.

Nada más aterrizar saltó la noticia. Una avioneta con destino a Bilbao se había perdido y llevando ya mucho tiempo sin comunicar con nadie se temía lo peor. Aprovechamos para llamar a Iñaqui a Málaga y comentar con el parte meteorológico.  En principio todo correcto, nubes muy altas (por encima de 15.000 pies), poco viento de frente, buena visibilidad. En cualquier caso, nos comenta Iñaqui que Santiago, presidente entonces del Aeroclub, está volando por la zona y le llamemos también a el. En efecto, Santiago nos contesta desde el avión y nos confirma que la meteorología es excelente.

Como no podía ser de otro modo, decidimos reanudar viaje y despegamos cargados con el combustible necesario para poder regresar en tres días de nuevo a Cuatro Vientos.

En LECV a la espera del repostaje para reanudar el vuelo

Los problemas empiezan en la salida de Cuatro Vientos, cuando el controlador nos hace navegar durante más de 25 minutos en dirección Oeste por problemas de congestión de tráfico, abandonando la provincia de Madrid por el lado opuesto al originalmente planeado, y apercibiendo al controlador de esta circunstancia, nos promete autorizarnos el cambio de rumbo tan pronto sea posible. Finalmente, nos autoriza y nos cambia a una frecuencia en la que no contesta nadie. De este modo, decidimos dirigirnos a Logroño en nuestra altitud programada de 7.000 pies. Transcurrida buena parte del vuelo y a menos de una hora de Logroño, nos encontramos con una masa nubosa a unos 3.000 pies por debajo de nosotros y decidimos llamar a Logroño para que nos informen de las condiciones meteorológicas locales, pero Logroño no contesta. Como estamos un poco lejos todavía, asumimos que Logroño no nos recibe todavía y revisamos la meteorología otra vez. Se supone que en Logroño va a estar despejado, así que decidimos mantenernos por encima de las nubes imaginándonos que serían masas locales y que no tardaríamos en sobrevolarlas.

Pero el tiempo pasa, y las nubes en lugar de desaparecer se hacen más oscuras y densas y llega un momento en que lo único que podemos ver en las cuatro direcciones es el manto de nubes. Con cierto temor, comenzamos a llamar con más frecuencia a la torre de Logroño, que sigue sin contestar, hasta el punto de que a sólo veinte minutos de nuestro destino según el GPS, ni se ve ni se oye nada. Llamamos por teléfono a información para pedir el teléfono del aeropuerto, pero en información aún no tienen el número. Llamamos a AENA y nos facilitan el número de la torre, pero en la torre tampoco cogen el teléfono. De modo que volvemos a llamar a AENA y esta vez nos da el número de las oficinas del aeropuerto en las que una señorita nos contesta que el controlador está en la cafetería porque ya no hay más vuelos. Le explicamos que tenemos un plan de vuelo con destino a su aeropuerto y nos contesta que no sabe lo que es un plan de vuelo, así que le pedimos que vaya a la cafetería y avise al controlador de que nos llame urgentemente, bien por radio o bien por teléfono.

Al cabo de unos minutos, el controlador nos llama por radio y nos pregunta que queremos. Le explicamos la situación y le pedimos que nos localice en su radar y nos baje de allí. Nos pregunta que a que radar nos referimos y le decimos que al que tiene delante de sus narices, a lo que nos contesta que no está en la torre, que esta aún no ha sido inaugurada y que está en un camión emisora provisional a pie de pista, y que el único radar que tiene a mano es uno que sale en una revista de AENA que tiene por allí.

En crucero rumbo a LERJ, antes de meternos en el lío

En vista de todo, decidimos hacernos una idea del campo pidiéndole al controlador que nos detalle todo lo posible el enclave y las condiciones. Nos dice lo siguiente: “Hay unas montañas a la izquierda y otras a la derecha, pero no sabría concretarles la altura ni la posición de las mismas. Creo que en las de un lado hay un pueblo. Desde aquí veo nubes. Son grises y no están muy altas. Antes no estaban.” En ese momento decidimos que el controlador está mejor callado o jugando a las cartas en la cafetería. De modo que tirando de tecnología decidimos que la única forma segura de bajar de allí es colocarnos sobre el centro de la pista con la ayuda del GPS (menos mal que se la añadimos a la carta del GPS antes de partir) y bajar en espiral hasta que pasemos las nubes, colocando una alarma de altitud en el GPS a 1.000 pies por encima del campo.

Con una velocidad de sudoración digna de entrar en el Guinnes, le pido a mis pasajeros que se abrochen hasta los cordones de los zapatos y comienzo el descenso con un ángulo suficientemente grande de inclinación lateral como para no perder el centro de la pista más de lo estrictamente necesario.

Las risas, bromas, chistes y “buen rollito” del viaje dejan paso a un silencio que se rompe sólo con el ruido del viento y las pocas revoluciones del motor durante el descenso. A unos 4.500 pies nos metemos de lleno en las nubes y durante un tiempo indefinido (parecían horas pero seguro que fueron segundos), lo único que vemos son nuestras caras. A unos 1.500 pies sobre el campo y sin previo aviso, las nubes desaparecen y nos encontramos que estamos, como había previsto el GPS, sobre el centro de la pista. A partir de ahí, coser y cantar y en menos que canta un gallo estábamos aterrizando en el recién inaugurado Aeropuerto de La Rioja. Somos la primera avioneta que aterriza allí desde la inauguración del campo días antes.

Tras tomar tierra, nuestras respectivas no pueden aguantarse y al más puro estilo Juan Pablo II, saludan su llegada a la Rioja. Al fondo, la torre de control que no había sido inaugurada antes de nuestra llegada.
A la izquierda, el camión portátil que actuaba de torre de control porque algún político no había tenido tiempo de ir a inaugurar la torre (al fondo) con su correspondiente radar. Arriba las nubes que no debían haber estado ahí. En la foto no salen nuestras piernas porque aún nos temblaban. Las sonrisas son de pánico.

 

 

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