Sube la marea

Sube la Marea
Sube la Marea

Luis tenía la costumbre de asomarse a su diminuta terraza por las tardes a ver subir la marea. Era un ejercicio de relajación, autoimpuesto como costumbre, que con el paso de los años había probado ser válido para desconectar de su rutina diaria. Para él siempre había sido un entretenimiento descubrir cada día a que hora se producía la subida de la marea. Ahora era fácil saberlo con antelación. Sólo tenía que consultarlo en Internet, pero sería como traicionar sus propias costumbres, como serle infiel a su cita vespertina con la calma.

En el esplendor de su carrera, Luis había sido un investigador brillante, un jugador de equipo, un magnífico profesional que miró siempre por el interés colectivo antes que por el suyo propio. Quizás por eso nunca obtuvo el reconocimiento que mereció durante su carrera. Pero los días de trabajo e investigación hacía ya tiempo que habían quedado atrás. Ahora la vida era más sencilla. Disfrutar del amanecer por la mañana. Aburrirse y malgastar las horas centrales del día y, su único entretenimiento real, tratar de acertar la hora a la que subiría la marea por las tardes. La pleamar y la bajamar son caprichosas y contribuyen con su comportamiento infantil a que las mareas suban o bajen en distintos momentos del día. Luís lo sabía y se tomaba como reto personal acertar -que no investigar y descubrir- lo que ocurriría cada tarde.

Si durante toda su carrera había corroborado que la mejor manera de obtener resultados homogéneos y acertados había sido la constancia en la investigación y la perseverancia en el trabajo, acertar la hora en que subiría la marea por la tarde era un ejercicio opuesto a lo que había sido su modo de trabajar durante tantos años. Se trataba de apostar, sin ninguna base científica, por mera intuición, por capricho, o bien por un conocimiento abstracto obtenido durante años de observación.

Conforme las tardes se sucedían en su retiro junto al mar y la barandilla metálica que hacía las veces de reja en su jaula dorada iba perdiendo su pintura y el óxido se hacía cada vez más visible en toda la estructura, Luis tomaba conciencia de lo que estaba haciendo en realidad: estaba descontando mareas. Lo que empezó como una forma de relajarse y tomarse las cosas con tranquilidad había acabado por inquietarle, por crearle una incertidumbre. Cada día quedaban menos mareas por acertar, y el número tendía a cero a un ritmo vertiginoso. Podía dejar de salir a su terraza a ver subir la mareas por las tardes, pero era consciente que el contador de mareas no se iba a parar porque él dejase de pulsar el botón cada tarde. Engañarse no le iba a incrementar el número de mareas pendientes de acertar. Como él mismo habría dicho en sus años de investigador, se trataba de un problema sin solución. Un problema al que había que atacar desde otro punto de vista, desde un ángulo que permitiese, si no resolverlo, si aceptarlo como parte de una ecuación mayor.

A Luís se le acababan las mareas, pero no las ganas de acertarlas. Tenía la sensación de que había malgastado su vida, de que se había dejado muchas cosas sin hacer, sin terminar, sin tan siquiera plantear. Incluso había rechazado hacer alguna de ellas y ahora le atormentaban las erróneas decisiones tomadas. Pero ya era tarde. Las mareas se acababan y no había vuelta atrás.


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