Palmira

Ninguna novela histórica, al menos de las que yo he leído, ha podido nunca poner en marcha mi imaginación del mismo modo en que se pone cuando paseo por sitios cargados de historia. Hasta el día de hoy, el récord absoluto de excitación de mi imaginación lo ostentaba Roma. Es imposible no imaginarse vestido al estilo romano durante el esplendor del imperio paseando entre el foro y el teatro en el atardecer de la capital del imperio.

Sin embargo, el emplazamiento de Roma de algún modo justifica su grandeza. Muy cerca del mar Mediterráneo y bañada generosamente por el Tíber, su ubicación propició en gran medida que pudiese crecer de manera sostenible, como dirían ahora los políticos repipis.

Hoy mi imaginación ha volado también en dirección a la península de la bota, pero no por Roma, sino por los Romanos. Palmira se encuentra a unos 230 kilómetros de Damasco. 230 kilómetros de tierra árida y montañas imponentes. Hoy son tres horas de viaje en un vehículo con aire acondicionado y desde luego que merece la pena. Después de la propia Roma, son los restos del Imperio Romano más impresionantes que yo haya visto. Pero su majestuosidad no es lo que me ha cautivado, que también, sino imaginarme cómo las Legiones Romanas se anduvieron ese desierto y levantaron lo que debió ser una ciudad majestuosa en medio de un desierto. Cierto es que Palmira dispone de un oasis natural y que estaba en el paso de las caravanas de comerciantes de oriente, primero hacia Persia (está a unos 120 Km del actual Bagdad) y luego hacia Europa, pero esto no debe llevarnos a engaño. Palmira está en medio del desierto de Siria y esto es precisamente lo que hace de este enclave un lugar que despierta la imaginación.

Vista de Palmira
Vista parcial de las ruinas de Palmira

No se trata de un poblado humilde que acogía a los comerciantes. Muy al contrario, fue una ciudad majestuosamente construida, con una ingeniería sólo comparable en aquella época a la mismísima Roma. Sistema de alcantarillado de aguas fecales, servicios públicos cada cien metros, baños termales a tres temperaturas, construcciones en piedra, mármol, granito y terminaciones en maderas nobles. Por supuesto una zona residencial, una comercial y otra gubernamental en cuyo centro no podía faltar el teatro romano mejor conservado del mundo gracias entre otras cosas a que permaneció enterrado en la arena hasta principios del siglo veinte cuando lo descubrieron los franceses. Me ha llamado intensamente la atención el ingenioso sistema de tuberías consistente en cubos de roca hueca con la forma de un tubo machihembrados entre si para llevar agua a cualquier parte de la ciudad disimuladamente.

Detalle de las tuberías de piedra
Detalle de las tuberías de piedra

Pero, una vez más en Siria, me sorprende que las distintas culturas que han ido pasando por Palmira no han destruido todos los vestigios de las culturas anteriores. De este modo, el Templo de la ciudad conserva los vestigios paganos de sus primeros dioses y la abundancia de huevos en sus tallados en rocas, símbolo de fertilidad en la Palmira primitiva, las uvas y ornamentaciones propias del Imperio Romano, la cruz y los frescos de cuando fue convertido en Iglesia y, por último, la simbología Islámica que comparte altar con la cruz y nicho con el Dios de Dioses pagano que apunta a La Meca.

Sus habitantes durante su esplendor y tras la conquista Romana debieron ser sin duda mucho más inteligentes que nuestra clase política actual. Lejos de rotular exclusivamente en su lengua (originalmente el Arameo) introdujeron inscripciones en Griego, que venía a ser lo que hoy es el inglés a nuestro mundo actual. De este modo, las caravanas que paraban en el Oasis tenían facilidad no sólo para desenvolverse en la ciudad, sino también para realizar sus negocios. No por casualidad, sus tablas de impuestos al comercio, que se conservan por algún motivo en un museo de San Petersburgo, estaban también grabadas en distintas lenguas.

En definitiva Palmira es en muchos aspectos un lugar mucho más inteligentemente desarrollado que la mayoría de las grandes urbes de nuestro país. Una ciudad que facilitaba el comercio, daba la bienvenida a las distintas culturas, contaba con los últimos avances tecnológicos, estaba abastecida continuamente de alimentos y agua y, sobre todo, lo que más me ha llamado la atención, está en medio de un desierto.

Vista del Templo de Palmira
Vista del Templo de Palmira

Entre dos Culturas

No me cabe duda que históricamente este artículo debería llamarse “Entre tres Culturas” pero desgraciadamente puedo dar fe de que el título refleja la cruda realidad. Mis primeras veinticuatro horas en Damasco crean en mí sentimientos encontrados. Por un lado puedo confirmar que efectivamente se trata de un lugar históricamente privilegiado. No por casualidad es sencillo encontrar vestigios Romanos, Bizantinos y de distintas dinastías árabes por toda la ciudad. Si bien desgraciadamente no todos estos restos están en buen estado de conservación, es justo indicar que, al menos, aparentemente, tratan de preservarlos lo mejor que pueden.

Por otro lado, leía antes de mi viaje que el gobierno Sirio había prohibido a las profesoras de colegio vestir el Burka mientras estuviesen en su lugar de trabajo, lo que para mi significaba una apertura hacia occidente en un esfuerzo por “modernizar” la sociedad pues nadie puede negarme que cubrir a una mujer de pies a cabeza y de manera integral no es, además de un crimen estético, un ejercicio de rancio machismo.

Esta iniciativa junto con la definición propia del país extraida de su constitución (“República Democrática, Popular y Socialista, basada, entre otros, en los principios de igualdad ante la ley, libertad religiosa y propiedad privada”) me dieron antes de partir hacia Damasco una idea del país que me iba a encontrar. Imaginé un país mayoritariamente musulmán pero en que otras culturas y religiones eran bienvenidas y respetadas.

La primera en la frente. Ya estábamos advertidos de que no se puede entrar en Siria si se ha estado en Israel. Para mi esto no era un problema. Sin embargo, al llegar al punto fronterizo en el aeropuerto descubrí rápidamente que no haber estado en Israel no es suficiente. Además de preguntarme, examinaron con lupa -y no hablo en sentido figurativo- todos y cada uno de los sellos de mi pasaporte. Baste decir que tengo 31 de las 32 páginas del pasaporte ocupadas con distintos sellos de todos los países que he visitado en los últimos años. Esto se tradujo en una inspección de cerca de 10 minutos de mi pasaporte, lo que no concibo sino como una enfermedad de los políticos que han creado esta norma.

La segunda cosa que ha llamado mi atención es que en una calle del zoco hay una plancha metálica de dimensiones descomunales atornillada en el suelo con la bandera de Israel. El objetivo no es otro más que asegurar que todo el mundo que pasea por el mercado “pisa” la bandera de la nación judía.

Ni siquiera en Indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo, he visto algo similar. A mi me parece razonable (no diré que me parece bien) que determinada nación no se lleve bien con otra nación por los motivos que sea, pero me parece tremendo que se inculque este odio al ciudadano de a pié. Y esto, aunque la política me advertía de lo contrario, no es algo que me esperaba. Después de todo, en la ciudad de Damasco conviven junto con el 90% de musulmanes un 10% de cristianos que tienen sus iglesias y profesan culto en libertad, por lo que obviamente no se trata de un problema religioso sino más bien social. Por lo tanto, un error de bulto, pues juzgar a toda una sociedad sólo por ser ciudadanía de un país concreto es algo que tiene bastante poco sentido.

La tercera cosa que me ha llamado la atención es algo que no sabía y es que los musulmanes (al menos los de aquí) de aquí si creen en Jesucristo pero piensan que no fue crucificado sino que subió a reunirse con Dios y volverá al final de los tiempos. ¿Cómo se digiere esto siendo Jesucristo Judío sin antes admitir que son tres las culturas que aquí conviven? Difícil.

La Gran Mezquita vista desde fuera
La Gran Mezquita vista desde fuera

Una de Inauguraciones

El 27 de Enero del 2.003 hacía un tiempo fabuloso que invitaba a volar. Al medio día llegamos al aeroclub, revisamos el plan de vuelo y nos preparamos para ponernos rumbo al recién inaugurado aeropuerto de La Rioja, con escala en Cuatro Vientos para abastecernos de combustible ya que desde AENA nos comunican que el nuevo aeropuerto aún no dispone de combustible… pero no nos avisan de que el combustible no es lo único de lo que no disponen.

De este modo, a las 14:20 minutos partimos hacia Cuatro Vientos los cuatro, en la EC-FDF, con equipaje, mucho combustible y la esperanza de llegar a La Rioja antes de las 21:00, hora en la que se inauguraba el congreso nacional de la Asociación de Jóvenes Empresarios al que íbamos a acudir invitados por AJE Málaga.

En LEAX minutos antes de la salida

Exactamente tres horas después aterrizábamos en Cuatro Vientos, donde nuestra escala técnica nos requería repostar combustible, comer algún tentempié, comprar agua para el resto del viaje y comprobar la meteorología en nuestra ruta hacia Logroño.

Nada más aterrizar saltó la noticia. Una avioneta con destino a Bilbao se había perdido y llevando ya mucho tiempo sin comunicar con nadie se temía lo peor. Aprovechamos para llamar a Iñaqui a Málaga y comentar con el parte meteorológico.  En principio todo correcto, nubes muy altas (por encima de 15.000 pies), poco viento de frente, buena visibilidad. En cualquier caso, nos comenta Iñaqui que Santiago, presidente entonces del Aeroclub, está volando por la zona y le llamemos también a el. En efecto, Santiago nos contesta desde el avión y nos confirma que la meteorología es excelente.

Como no podía ser de otro modo, decidimos reanudar viaje y despegamos cargados con el combustible necesario para poder regresar en tres días de nuevo a Cuatro Vientos.

En LECV a la espera del repostaje para reanudar el vuelo

Los problemas empiezan en la salida de Cuatro Vientos, cuando el controlador nos hace navegar durante más de 25 minutos en dirección Oeste por problemas de congestión de tráfico, abandonando la provincia de Madrid por el lado opuesto al originalmente planeado, y apercibiendo al controlador de esta circunstancia, nos promete autorizarnos el cambio de rumbo tan pronto sea posible. Finalmente, nos autoriza y nos cambia a una frecuencia en la que no contesta nadie. De este modo, decidimos dirigirnos a Logroño en nuestra altitud programada de 7.000 pies. Transcurrida buena parte del vuelo y a menos de una hora de Logroño, nos encontramos con una masa nubosa a unos 3.000 pies por debajo de nosotros y decidimos llamar a Logroño para que nos informen de las condiciones meteorológicas locales, pero Logroño no contesta. Como estamos un poco lejos todavía, asumimos que Logroño no nos recibe todavía y revisamos la meteorología otra vez. Se supone que en Logroño va a estar despejado, así que decidimos mantenernos por encima de las nubes imaginándonos que serían masas locales y que no tardaríamos en sobrevolarlas.

Pero el tiempo pasa, y las nubes en lugar de desaparecer se hacen más oscuras y densas y llega un momento en que lo único que podemos ver en las cuatro direcciones es el manto de nubes. Con cierto temor, comenzamos a llamar con más frecuencia a la torre de Logroño, que sigue sin contestar, hasta el punto de que a sólo veinte minutos de nuestro destino según el GPS, ni se ve ni se oye nada. Llamamos por teléfono a información para pedir el teléfono del aeropuerto, pero en información aún no tienen el número. Llamamos a AENA y nos facilitan el número de la torre, pero en la torre tampoco cogen el teléfono. De modo que volvemos a llamar a AENA y esta vez nos da el número de las oficinas del aeropuerto en las que una señorita nos contesta que el controlador está en la cafetería porque ya no hay más vuelos. Le explicamos que tenemos un plan de vuelo con destino a su aeropuerto y nos contesta que no sabe lo que es un plan de vuelo, así que le pedimos que vaya a la cafetería y avise al controlador de que nos llame urgentemente, bien por radio o bien por teléfono.

Al cabo de unos minutos, el controlador nos llama por radio y nos pregunta que queremos. Le explicamos la situación y le pedimos que nos localice en su radar y nos baje de allí. Nos pregunta que a que radar nos referimos y le decimos que al que tiene delante de sus narices, a lo que nos contesta que no está en la torre, que esta aún no ha sido inaugurada y que está en un camión emisora provisional a pie de pista, y que el único radar que tiene a mano es uno que sale en una revista de AENA que tiene por allí.

En crucero rumbo a LERJ, antes de meternos en el lío

En vista de todo, decidimos hacernos una idea del campo pidiéndole al controlador que nos detalle todo lo posible el enclave y las condiciones. Nos dice lo siguiente: “Hay unas montañas a la izquierda y otras a la derecha, pero no sabría concretarles la altura ni la posición de las mismas. Creo que en las de un lado hay un pueblo. Desde aquí veo nubes. Son grises y no están muy altas. Antes no estaban.” En ese momento decidimos que el controlador está mejor callado o jugando a las cartas en la cafetería. De modo que tirando de tecnología decidimos que la única forma segura de bajar de allí es colocarnos sobre el centro de la pista con la ayuda del GPS (menos mal que se la añadimos a la carta del GPS antes de partir) y bajar en espiral hasta que pasemos las nubes, colocando una alarma de altitud en el GPS a 1.000 pies por encima del campo.

Con una velocidad de sudoración digna de entrar en el Guinnes, le pido a mis pasajeros que se abrochen hasta los cordones de los zapatos y comienzo el descenso con un ángulo suficientemente grande de inclinación lateral como para no perder el centro de la pista más de lo estrictamente necesario.

Las risas, bromas, chistes y “buen rollito” del viaje dejan paso a un silencio que se rompe sólo con el ruido del viento y las pocas revoluciones del motor durante el descenso. A unos 4.500 pies nos metemos de lleno en las nubes y durante un tiempo indefinido (parecían horas pero seguro que fueron segundos), lo único que vemos son nuestras caras. A unos 1.500 pies sobre el campo y sin previo aviso, las nubes desaparecen y nos encontramos que estamos, como había previsto el GPS, sobre el centro de la pista. A partir de ahí, coser y cantar y en menos que canta un gallo estábamos aterrizando en el recién inaugurado Aeropuerto de La Rioja. Somos la primera avioneta que aterriza allí desde la inauguración del campo días antes.

Tras tomar tierra, nuestras respectivas no pueden aguantarse y al más puro estilo Juan Pablo II, saludan su llegada a la Rioja. Al fondo, la torre de control que no había sido inaugurada antes de nuestra llegada.
A la izquierda, el camión portátil que actuaba de torre de control porque algún político no había tenido tiempo de ir a inaugurar la torre (al fondo) con su correspondiente radar. Arriba las nubes que no debían haber estado ahí. En la foto no salen nuestras piernas porque aún nos temblaban. Las sonrisas son de pánico.