El patrocinio de la salud

El patrocinio de la saludCada vez que escucho a un médico o a un nutricionista dar consejos o incluso pautas sobre la nutrición, en especial la de nuestros hijos, me entra la risa. Es cierto que en ocasiones dicen cosas con sentido, pero incluso en estas ocasiones actúan como voceros de la industria que los patrocina. La mayoría -aunque no es bueno generalizar- ha cambiado la ciencia, la investigación y el sentido común por los dictados de una industria que no se corta un pelo a la hora de mentir, engañar, falsear y confundir al consumidor.

Resulta incomprensible que exista una ley de financiación de partidos políticos y no exista una ley de financiación de colegios profesionales de la salud -al menos que yo sepa. Hace unos días escribía que la Asociación Española de Pediatras prestaba su imagen y nombre a Nestlé para que esta la plantase en la caja de su producto Chocapic, unos presuntos cereales de desayuno, con la intención obvia de confundir al consumidor haciéndole creer que se trata de un producto adecuado para los niños, cuando se trata más bien de todo lo contrario, y para ello se valen del nombre e imagen de los pediatras de España, con lo que irremediablemente acaban pagando justos por pecadores y yo los meto a todos en el mismo saco, aún a sabiendas de que hay muchos que no están de acuerdo con estos “patrocinios”.

¿Cómo voy a creerme a un pediatra cuando me recomienda que alimente a mi hijo de un modo u otro cuando es obvio que tienen vínculos con la mas terrible de las industrias para la salud, que es sin duda la alimentaria? El aparente noviazgo entre los pediatras y Nestlé choca frontalmente con las repetidas denuncias de Oxfam acerca de las malas prácticas de la multinacional, cuyos directivos se permiten decir que se debería privatizar todo el agua del planeta (probablemente porque controlan el mercado mundial del agua embotellada) o cuyas explotaciones acuíferas privan de agua a los niños desfavorecidos de bastantes poblados. Debo reconocer, sin embargo, que desde la publicación del informe Behind the Brands de Oxfam, Nestlé ha creado una política más razonable en cuanto al agua. Otra cosa es si aplica la política o no, que lo desconozco. Sin embargo, la única de las grandes empresas que ha reconocido que el agua es un bien de la humanidad es Pepsico. Las otras nueve lo niegan o simplemente evitan pronunciarse. No en vano, el negocio del agua embotellada, como adelanto en mi libro La  gran mentira de la nutrición es mayúsculo.

Volviendo al tema de los patrocinios, creo que cualquier profesional de la salud que en su carrera prestase una mínima atención al funcionamiento del sistema digestivo y a nuestro metabolismo debería tener serias dificultades para recomendar -al menos desde su conocimiento- que le demos cereales procesados para desayunar a nuestros hijos. Sin embargo, allí van ellos, médicos y nutricionistas, recomendándonos que comamos toda suerte de alimentos como este con tal de satisfacer a una industria egoísta que, para colmo, tiene vínculos directos con la industria farmacéutica. ¿Será casualidad que un fabricante como Nestlé, que utiliza toneladas y toneladas de azúcar refinada en la elaboración de prácticamente todos sus productos, esté también detrás de la industria del adelgazamiento? Primero nos ceba y luego nos llama obesos y nos pone a adelgazar pasando por caja… por su caja, claro. Me parece simplemente grotesco y estoy trabajando en un artículo al respecto.

Pero esto es lo que se consigue cuando en el mercado alimenticio el patrocinio de la salud es legal e incluso está -de un modo bastante peculiar- bien visto.  Así, la Fundación de la Dieta Mediterránea, organismo público que en teoría debería velar por la salud a través de la nutrición, cuenta con el patrocinio de empresas de alimentación cuyas prácticas son, cuando menos, de dudoso beneficio para nuestra salud, cuando no están directamente reñidas con esta. Si no me crees, echa un vistazo a los patrocinadores del congreso de la dieta mediterránea y luego dime si Gallina Blanca o Danone -por mencionar a un par de ellos- hacen productos “mediterráneos” y buenos para nuestra salud. Es de guasa, y sin embargo a muchos profesionales de la salud se les llena la boca al hablar de la dieta mediterránea, sin reparar en la cuenta de que están devolviendo el patrocinio a estas empresas que les han patrocinado en primera instancia y que no dudan en usar la imagen de estos colectivos profesionales en su publicidad.

La realidad es clara y basta con estudiar como empresas especializadas en “endulzar” forzosamente nuestra vida a base de toneladas y toneladas de azúcar se pasan la vida esponsorizando cualquier aspecto de la salud en la que les dejan meter la mano (y la cartera). Mientras no haya una clara separación entre los fabricantes de alimentos y los profesionales de la salud y la nutrición será imposible tomarse en serio sus recomendaciones nutricionales. Al final sabemos porque lo vemos en los envases, que esas recomendaciones las hacen en realidad señores de empresas como Nestlé, Coca Cola, Kellogg’s, Danone o cualquier otra similar, y no nos engañemos, su principal objetivo no es nuestra salud ni nuestras cuentas corrientes. La próxima vez que los accionistas premien y reconozcan al director general de alguna de estas empresas por sus resultados sobre la salud de la población en lugar de por los resultados económicos de la compañía, avísenme y editaré este artículo comiéndome una a una mis palabras con un gran cuenco de cereales Nestlé Chocapic. Mientras tanto lo que tenemos son unas recomendaciones sobre la salud patrocinadas por personas ajenas al sector y con intereses diametralmente opuestos a los nuestros.

Si te interesa este tema, seguramente te interesará mi libro La gran mentira de la nutrición, en el que repaso, uno a uno, todos los engaños de la industria alimentaria que nos han llevado a los problemas de salud más importantes de la especie humana en nuestra historia. Ya estoy trabajando en un segundo volumen dedicado a las marcas y los intereses que estás generan y que acaban por hacer mella en nuestra salud.

El Gas y la madre que lo parió

Gas Natural
Gas Natural

No es la primera vez que escribo sobre los servicios de atención al cliente de las grandes empresas, ni será la última. En una economía de libre mercado, uno puede elegir la empresa que desea que le preste los servicios en función de factores como son el precio del suministro o la atención que le brinda cada empresa. En España, estos factores son intranscendentes. El precio es siempre abusivo y el servicio rematadamente deplorable.

El caso es que ha llegado el gas natural a mi casa. Después de muchos meses de obras y de 3 visitas de la subcontrata de la a su vez subcontrata de la a su vez (si, van tres) subcontratra, por fin consiguen ponerme el contador y poner el marcha el servicio. La empresa distribuidora es Gas Natural Fenosa Distribución. Esta le subcontrata a Cobra la instalación. Cobra le subcontrata la acometida a Acom y Acom le subcontrata la puesta en marcha a Eurocivil. En total, 4 empresas para que llegue el gas a mi casa. Así de importante soy.

Cuando acaban me dejan una copia del contrato y en esta vienen las condiciones particulares, entre ellas el precio de alquiler de contador anual de 237€, muy lejos de los aproximadamente 20€ que me habían ofrecido cuando pedí información para darme de alta. Aquí empieza la odisea. Llamo al servicio de atención al cliente de Gas Natural (902 200 850). Allí me dicen que ellos son Gas Natural Fenosa y este es un tema de la comercializadora: Gas Natural Fenosa Comercialización. Bueno, me harto de paciencia y llamo al teléfono que me indican (902 200 605). Allí me saludan desde Gas Natural Fenosa Comercializadora, pero me indican que mi contrato es con otra empresa y tengo que llamarles a ellos. ¿Cúal es la otra empresa? – Pregunto intrigado. “Gas Natural Fenosa Distribución” – me contestan. Hago uso de la poca paciencia que me queda y me apunto el nuevo número de teléfono (902 330 003). Vuelvo a marcar y efectivamente me saludan desde Gas Natural Fenosa Distribución, quienes lamentan informarme que ellos sólo se dedican a la distribución del gas y por tanto no saben nada de mi contrato ni de los precios que en él aparecen y me indican que llame al 902 200 850.

Vuelta al primer paso, esta vez con poca paciencia y bastante mal humor. Llamo y me dicen lo mismo, que llame al segundo número. Llamo y me dicen lo mismo, que llame al tercer número. Llamo y me dicen que llame de vuelta al primer número. Protesto y me cuelgan. Vuelvo a llamar. Me vuelven a colgar. Vuelvo a llamar y les indico que en el contratro aparece este número y el nombre de su empresa. Me vuelven a colgar. Esto tendría tintes cómicos si no fuese un problema de calado generalizado en los servicios públicos. Gas Natural es una empresa privada, sí, pero presta un servicio público del que dependen millones de personas.

Curiosamente, el mismo día que me dieron de alta en Gas Natural solicité la baja de Repsol Gas, empresa que tiene instalado en mi casa un depósito y que me lo llena a precio de oro cada vez que se lo pido, y que cada mes, independientemente de que pida gas o no, me cobra 35€ mensuales por mantenimiento de su propio depósito. En 6 años he pagado más de 2.500€ por el mantenimiento de un depósito que no es mío y nadie ha venido por aquí a mantener nada. Esto si que es un robo y no lo del Dioni. Además, si no pido lo suficiente en un año (mi consumo ha bajado con la instalación de placas solares) me pasan una factura extra cobrándome retroactivamente el gas del año anterior a un precio superior al inicialmente cobrado. Supongo que debe ser una de esas medidas contra el cambio climático tan famosas: “si no consumes suficiente gas, voy te meto un palo por el culo amparado por las leyes que hacen los impresentables de nuestros políticos.” Pues bien, a día de hoy, la baja sigue sin tramitarse porque, según me dicen, hasta que un comercial me llame y me envíe los papeles, yo sigo de alta. Les pregunto si saben cuando me van a llamar o si puedo ser yo proactivo y llamar a algún otro número o incluso visitar al comercial (¿esto no era al revés antes y el comercial le visitaba a uno?). La respuesta es que no. Que me tengo que esperar y que la baja será efectiva cuando me llamen. Mientras tanto, a callar y a pagar. De la devolución del importe pagado por el gas que hay dentro del tanque (cientos de kilos) ni me molesto en preguntar porque ya se la respuesta. Hablamos de unos 750-1.000€, que no es moco de pavo.

Hace unos meses se fue la luz en mi casa durante un período prolongado de tiempo y llamé a Iberdrola, que es la empresa que me factura la luz, para hablar claro. Allí me indicaron que ellos son sólo la comercializadora y que tenía que hablar con la distribuidora, que es Endesa. Llamé a Endesa y ellos me indicaron que ellos no sabían nada de mi contrato y que si me factura Iberdrola tendría que hablar con ellos dado que yo ni siquiera aparecía en sus sistemas. De una forma o de otra, estuve cerca de 6 horas sin luz pasando de un 902 a otro hasta que, con más suerte que pericia, localicé un coche de Cobra (si, la subcontrata del Gas) con el logotipo de Endesa circulando por la urbanización. Hablé con los operarios y me dijeron que nadie les había informado del problema pero que como el transformador que abastece mi calle está hecho un desastre le iban a echar un vistazo. Efectivamente, media hora después se hizo la luz, en el sentido literal de la frase. Estos mismos operarios me dijeron que Endesa sabe que el transformador está hecho un desastre, pero no lo quiere cambiar.

A finales de año me llegó una factura de electricidad de mi empresa desorbitada con un recargo del 20% nada menos por, textualmente, “T.U.R.”. A este 20% se le añade en segunda instancia el I.V.A. correspondiente. Cerca de 200€ de sobrecoste en total. Hago mis indagaciones y “T.U.R.” significa “Tarifa de Último Recurso”, y esto significa que el gobierno (el que sea, me da igual) se inventó una “multa” del 20% para aquellos que no cambiásemos de tarifa ni de compañía con el fin de “incentivar” el libre mercado de la electricidad. Toda vez aprendida la lección, llamo a Endesa (en mi empresa, afortunadamente, Endesa es la Comercializadora y la Distribuidora y no me pueden mandar a Iberdrola) y allí me transfieren varias veces para hablar con el departamento de cambios de tarifa donde, cada una de las 10 o 15 veces que he llamado desde finales de año, me cuelgan el teléfono cuando llevo minutos esperando con la famosa musiquilla. En efecto, y si alguien no me cree que lo pruebe, es imposible cambiar de tarifa eléctrica telefónicamente, por lo que los que tenemos más de 10 Kw contratados, tenemos que aguantarnos con el impuesto revolucionario del 20% adicional. Que conste que he firmado los papeles del cambio de tarifa en persona con un distribuidor amigo, en dos ocasiones porque la primera vez se extraviaron los documentos, y sigo con la famosa T.U.R. en mi factura. Lo único que incentivó el gobierno con la T.U.R. es que las empresas nos facturasen un 20% adicional de manera indiscriminada.

Por último, para acabar de arreglarme el año, en Diciembre doy de alta una línea nueva con Vodafone. No pido ningún terminal porque ya tengo, pero me ofrecen un descuento del 25% en la tarifa de voz y datos si firmo una permanencia de 6 meses. Me parece interesante y lo firmo. El caso es que ya en casa, instalo la SIM en un terminal y no funciona. Me vuelvo a la tienda de Vodafone, me hacen un duplicado y sigue sin funcionar. Se abre una incidencia. Pasan 2 días y sigue sin funcionar. Me dicen que lo escalan a “incidencia técnica” y se dan un plazo de 72 horas para solucionarlo. Pasaron 5 días y la línea seguía sin funcionar. Podía realizar llamadas pero no recibirlas. Harto del tema, me persono en la tienda y les propongo dar de baja la línea y contratar un alta nueva. Respuesta: “No podemos dar de baja la línea porque tiene un contrato de permanencia.”

“Oiga, tiene un contrato de permanencia y yo tengo un contrato por el que ustedes se comprometen a prestarme un servicio que no me están prestando. Arregle la línea o deme una nueva, pero no me deje así”. Tres semanas y 2 altas de líneas nuevas después, he conseguido que el teléfono funcione. Entre medias, una reclamación que nadie me ha contestado y el daño colateral de dos líneas inactivas y (veremos la factura en breve) potencialmente facturables a mi nombre que, llegado el caso, Vodafone no podrá dar de baja porque yo firmé el alta, independientemente de que funcionen o no.

Y eso es todo. Así nos va. Así les va. Los ciudadanos jodidos sin tener donde caerse muertos y todas estas empresas, con sus connotaciones políticas cada una, dando, sin excepción, beneficios millonarios. Tenemos lo que nos merecemos.