La tableta se va de viaje

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Llevo tiempo leyendo que las tabletas van a sustituir a los PCs. Me he traído de viaje la única tableta del mercado que es realmente cómoda de llevar, una Samsung Galaxy Tab. Si alguien cree que el iPad es pequeño y manejable necesita urgentemente renovar su portátil por uno de última generación. No creo que el Macbook Air ocupe mucho más espacio y a cambio ofrece una solución completa no sólo de lectura, sino también de creación de documentos.

Pero a lo que iba, que me he traido la Galaxy y me he propuesto escribir un post en el blog para ver si de verdad es viable que las tabletas sustituyan a los portátiles. Mi primera impresión tras este párrafo y medio es que se acaban de ir por el retrete años de práctica escribiendo con un teclado mientras miro la pantalla. Estoy de vuelta al parvulario informático mirándome el dedo índice mientra aporreo la pantalla y, cuando de vez en cuando levanto la vista, los resultados son desastrosos. Tardo más en editar los errores que en borrar la frase y volver a escribirla.

Pero también tiene alguna ventaja esto de postear con la tableta. Por ejemplo, si se me olvida decir dónde estoy, la función de geolocalización añadirá de manera automática mis coordenadas a esta entrada, de manera que se acabó el decir que he estado en Londres reunido cuando vengo de la playa. Por cierto, si Gerona es Girona y San Sebastián es Donostia, ¿Por qué a nadie le chirría que haya escrito Londres y no London? Somos idiotas por permitir lo ilógico. ¿Ya no se estudian los silogismos en el colegio? No se para qué hago preguntas cuya respuestas no son de mi agrado…

Me vuelvo a ir por los cerros de Úbeda. No veas lo que me ha costado descubrir como se escribe la “u” mayúscula con tilde! Cualquiera diría que estos de Google se han creído la leyenda urbana que dice que las mayúsculas no se acentúan.

En fin, para ser un experimento este post ya me ha llevado demasiado tiempo y ya he sacado en claro que la única forma de escribir comodamente, de momento, sigue siendo nuestro amigo el teclado físico Qwerty.

En definitiva, la tableta es muy útil para leer el correo, navegar por la web, hacer alguna foto y pasar el rato jugando a algo o viendo una película, pero ne creo que esté llamada, al menos en su estado actual y a corto plazo, a sustituir a un PC portátil.

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Viajes de Riesgo

Llevo años contando una historieta de una excursión que me ocurrió en un viaje a la República Dominicana hace unos doce años. Ir a La Española hace tantos años no es como ahora que hay vuelos diarios de varias aerolíneas y un sinfín de hoteles y servicios para los turistas. En aquellos años había un par de hoteles (decentes) en Playa Bávaro y otro par en Punta Cana, que fue mi destino.

Como nunca he sido persona de tirarme en una playa a no hacer nada, cuando llevaba allí un par de días decidí apuntarme a todas las excursiones que hubiese disponibles, incluyendo una que era bastante más cara que las demás pero que prometía visitar parajes de incalculable belleza. Se trataba de visitar la Catarata del Limón. Para los cinéfilos diré que esta catarata es la que aparece en una de las primeras escenas de la película Parque Jurásico cuando están volando a la Isla en un Helicóptero. Bien, pese a que en la película la catarata aparece en la orilla del mar, lo cierto es que está perdida en una selva tropical que si no recuerdo mal andaba en la península de Samaná.

Catarata del Limón
Catarata del Limón

Esa mañana, nos recogieron en una furgoneta en el hotel y nos llevaron a un aeródromo de tierra a una media hora de la zona hotelera. Allí nos montamos en unos Tupolev turbo hélice con el interior más estropeado que haya visto nunca y la cabina íntegramente en ruso, con piloto pero sin copiloto ni azafatas. Tras despegar y sobrevolar buena parte de la isla, el piloto, sin previo aviso, se salió a la costa y se lanzó en picado hacia el mar. Cuando todo el pasaje estaba en estado de pánico se asomó por la cortinilla que separaba la cabina del pasaje y sonriendo nos dijo: “Voy a enseñarles las ballenas de cerca”. El muy gilipoyas no hablaba de manera figurativa. Se dedicó a hacer unas pasaditas por una zona de mar donde había ballenas. En fin, tras el percance, recuperó cierta altura y se dirigió de nuevo selva adentro. Como era consciente de que no nos había acabado de agradar con aquel picado sin previo aviso, en otra ocasión nos avisó de que no nos asustáramos porque iba a tomar tierra. Yo me pregunté porqué íbamos a asustarnos si estábamos a punto de aterrizar y pronto, no sin cierto terror, descubrí que se disponía a aterrizar en las copas de los árboles, o al menos eso parecía. Se precipitó hacia los árboles y en el último momento vimos abrirse un claro en la espesura y el Tupolev aterrizó en una pista forestal.

Nos las prometíamos felices cuando pensábamos que ya habíamos llegado a nuestro destino. Sin embargo, nuestra odisea no había hecho más que empezar. En la pista nos recogieron unos todoterrenos con la parte de atrás descubierta y un par de bancos de madera como toda comodidad en los que nos montamos y avanzamos durante una hora aproximadamente, hasta que el camino se hizo demasiado estrecho para los coches. Allí nos esperaban unos caballos en los que cabalgamos cerca de hora y media por un barrizal subiendo una montaña a pique cada dos por tres de que un resbalón de los équidos acabase con nuestras Españolas posaderas en suelo Dominicano. Cuando el camino se hizo lo suficientemente estrecho una vez más para que no pasaran ni siquiera los caballos tuvimos que descabalgar y andar durante otra media hora.

Al descabalgar y posarme pesadamente en el fango me hundí hasta cerca de las rodillas. Al sacar el primer pié del fango mi zapato (aún recuerdo que eran unos naúticos Pielsa) se quedó dentro y el fango se cerró rápidamente por el hueco que dejó mi pié. Total, que tuve que hacer el resto del camino descalzo y patinando sobre y entre el fango.

La Catarata del Limón es una obra maestra de la naturaleza, pero ni esta ni ninguna otra obra maestra merece la pena la cadena de torturas que los viajantes pasamos para poder admirarla.

Toda esta historia viene al caso de la locura que hemos hecho esta mañana. Se nos ocurrió desde España, antes de partir hacia Oriente, que ya que íbamos a ver Petra podíamos pasar antes la noche en el mar muerto ya que existe en los mapas una carretera secundaria que une el final del mar muerto hacia el sur con Petra. Lo que no se aprecia en los mapas es que el concepto de carretera secundaria en Jordania es distinto al nuestro y que dicha carretera atraviesa la región montañosa de Edom, que no es moco de Pavo.

Afortunadamente estamos sanos y salvos, pero no recomiendo esta ruta para ir a Petra a nadie, ni siquiera a mis enemigos declarados. Bueno, a esos si. No voy a describir la carretera porque me paso la vida diciendo que odio la literatura descriptiva y sería un contrasentido escribir algo que yo mismo no sería capaz de leer. Sin embargo si diré que hacía mucho, muchísimo tiempo, que no pasaba tanto miedo en un vehículo. Resumiendo, caminos angostos de tierra alrededor de interminables cortados de roca y arena, y todo ello durante una larguísima hora de trayecto.

A lo mejor ahora dejo de contar en las reuniones sociales mi historia sobre el viaje a la Catarata del Limón y empiezo a contar esta. Lo que está claro es que espero no tener la oportunidad de experimentar una historia dentro de algún tiempo que me haga sustituir a la nueva en el catálogo.

Sobre Petra hablaremos, pero será en otro post.

Palmira

Ninguna novela histórica, al menos de las que yo he leído, ha podido nunca poner en marcha mi imaginación del mismo modo en que se pone cuando paseo por sitios cargados de historia. Hasta el día de hoy, el récord absoluto de excitación de mi imaginación lo ostentaba Roma. Es imposible no imaginarse vestido al estilo romano durante el esplendor del imperio paseando entre el foro y el teatro en el atardecer de la capital del imperio.

Sin embargo, el emplazamiento de Roma de algún modo justifica su grandeza. Muy cerca del mar Mediterráneo y bañada generosamente por el Tíber, su ubicación propició en gran medida que pudiese crecer de manera sostenible, como dirían ahora los políticos repipis.

Hoy mi imaginación ha volado también en dirección a la península de la bota, pero no por Roma, sino por los Romanos. Palmira se encuentra a unos 230 kilómetros de Damasco. 230 kilómetros de tierra árida y montañas imponentes. Hoy son tres horas de viaje en un vehículo con aire acondicionado y desde luego que merece la pena. Después de la propia Roma, son los restos del Imperio Romano más impresionantes que yo haya visto. Pero su majestuosidad no es lo que me ha cautivado, que también, sino imaginarme cómo las Legiones Romanas se anduvieron ese desierto y levantaron lo que debió ser una ciudad majestuosa en medio de un desierto. Cierto es que Palmira dispone de un oasis natural y que estaba en el paso de las caravanas de comerciantes de oriente, primero hacia Persia (está a unos 120 Km del actual Bagdad) y luego hacia Europa, pero esto no debe llevarnos a engaño. Palmira está en medio del desierto de Siria y esto es precisamente lo que hace de este enclave un lugar que despierta la imaginación.

Vista de Palmira
Vista parcial de las ruinas de Palmira

No se trata de un poblado humilde que acogía a los comerciantes. Muy al contrario, fue una ciudad majestuosamente construida, con una ingeniería sólo comparable en aquella época a la mismísima Roma. Sistema de alcantarillado de aguas fecales, servicios públicos cada cien metros, baños termales a tres temperaturas, construcciones en piedra, mármol, granito y terminaciones en maderas nobles. Por supuesto una zona residencial, una comercial y otra gubernamental en cuyo centro no podía faltar el teatro romano mejor conservado del mundo gracias entre otras cosas a que permaneció enterrado en la arena hasta principios del siglo veinte cuando lo descubrieron los franceses. Me ha llamado intensamente la atención el ingenioso sistema de tuberías consistente en cubos de roca hueca con la forma de un tubo machihembrados entre si para llevar agua a cualquier parte de la ciudad disimuladamente.

Detalle de las tuberías de piedra
Detalle de las tuberías de piedra

Pero, una vez más en Siria, me sorprende que las distintas culturas que han ido pasando por Palmira no han destruido todos los vestigios de las culturas anteriores. De este modo, el Templo de la ciudad conserva los vestigios paganos de sus primeros dioses y la abundancia de huevos en sus tallados en rocas, símbolo de fertilidad en la Palmira primitiva, las uvas y ornamentaciones propias del Imperio Romano, la cruz y los frescos de cuando fue convertido en Iglesia y, por último, la simbología Islámica que comparte altar con la cruz y nicho con el Dios de Dioses pagano que apunta a La Meca.

Sus habitantes durante su esplendor y tras la conquista Romana debieron ser sin duda mucho más inteligentes que nuestra clase política actual. Lejos de rotular exclusivamente en su lengua (originalmente el Arameo) introdujeron inscripciones en Griego, que venía a ser lo que hoy es el inglés a nuestro mundo actual. De este modo, las caravanas que paraban en el Oasis tenían facilidad no sólo para desenvolverse en la ciudad, sino también para realizar sus negocios. No por casualidad, sus tablas de impuestos al comercio, que se conservan por algún motivo en un museo de San Petersburgo, estaban también grabadas en distintas lenguas.

En definitiva Palmira es en muchos aspectos un lugar mucho más inteligentemente desarrollado que la mayoría de las grandes urbes de nuestro país. Una ciudad que facilitaba el comercio, daba la bienvenida a las distintas culturas, contaba con los últimos avances tecnológicos, estaba abastecida continuamente de alimentos y agua y, sobre todo, lo que más me ha llamado la atención, está en medio de un desierto.

Vista del Templo de Palmira
Vista del Templo de Palmira